Obedeciendo a las estaciones, Paco y su rebaño emprende su viaje. Son 600 kilómetros y 40 días a pie desde las dehesas de Cáceres hasta los puertos de León. Quince kilómetros diarios durmiendo al raso para mantener vivas 1.500 ovejas, pero este viaje contra los elementos se ha detenido de la forma más cruda en una rastrojera de veza, entre Peñaflor de Hornija y Torrelobatón.
No ha sido el lobo, ni la falta de agua, ni el sol implacable de la meseta: ha sido el veneno.
Las imágenes, grabadas y enviadas por Paco Morgado—uno de los últimos pastores trashumantes que aún resiste, sosteniendo sobre sus hombros un oficio inmenso que se va quedando sin relevo generacional—, nos encogen el alma. Un camión carga ya los cuerpos inanimados de once de sus ovejas, mientras el resto del rebaño aguarda aletargado, sin saber si podrá dar un paso más. Han enfermado en las linderas de la vía pecuaria; unos caminos que nacieron como rutas de vida y que hoy languidecen cubiertos de maleza, usados a veces como escombrera y, lo que es peor, castigados bajo el golpe silencioso de los herbicidas y fitosanitarios.
El campo nunca ha sido un paraíso idílico, sacar el pan de la tierra es un combate diario. Quienes conformamos AGRELE pisamos el mismo barro y sabemos que la linde siempre ha sido lugar de fricción, pero el veneno ha dinamitado las reglas del juego. Frente a la ruina de Paco, no señalamos al tractor colindante que toma el atajo químico, sino a un modelo agroindustrial que empuja a usarlo y a unas instituciones que miran hacia otro lado.
La tierra exige sudor, no el total sacrificio de la vida.
La responsabilidad sobre lo público
Es fácil coronar a la trashumancia como «Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad» en los grandes despachos, suena bien sobre el papel, pero el rebaño de Paco no se alimenta de leyes: come lo que asoma en las cañada. Si el Estado abandona el mantenimiento de estos corredores y consiente que funcionen como sumideros tóxicos, la quiebra de este pastor y, por consiguiente, de la trashumancia es el fracaso de toda nuestra historia agraria.
Pedimos a quienes gobiernan que pongan los pies en la tierra y asuman su parte:
- Reparar la pérdida
- Garantizar unas la lindes sin químicos tóxicos para los animales
- Sembrar alternativas
Al final de todo este drama, nos aferramos a una de las estampas que también capta el vídeo: vecinos y agricultores locales acercando sus propios tractores y cisternas para aliviar la sed del rebaño herido. En ese gesto fraterno e instintivo de auxiliar al vecino reside la verdadera esencia y esperanza de nuestro mundo rural.
Ojalá nuestras instituciones aprendan de esa solidaridad nacida de la tierra y elijan, de una vez por todas, la vida.



